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FRANCISCO DE HERRERA «EL VIEJO» (Sevilla, h. 1590 – Madrid, h. 1654). «La multiplicación de los panes y los peces». Óleo sobre lienzo. La obra presenta pérdidas en la capa pictórica. Dimensiones: 187 x 164 cm. La escena representa el momento en que Jesús, ante una multitud hambrienta, multiplica cinco panes y dos peces para alimentar a los presentes, transformando un gesto de compasión en una manifestación de su naturaleza divina. La composición centra la atención en Cristo y en las figuras dispuestas a su alrededor, estableciendo así un núcleo narrativo. El formato y el enfoque compositivo permiten establecer una interesante conexión con la pintura sevillana de la primera mitad del siglo XVII, en particular con el estilo de Francisco de Herrera el Viejo, uno de los artistas clave en la transición del manierismo tardío al naturalismo barroco en Sevilla. Resulta especialmente significativa la comparación con las dos composiciones conocidas sobre este tema atribuidas a Herrera el Viejo. La primera es la monumental *Multiplicación de los panes y los peces* de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (n.º de inventario 0840), un cuadro que mide 305 × 540 cm. Se trata de una composición de amplio alcance horizontal, en la que el episodio se desarrolla a través de un numeroso grupo de figuras. La obra que aquí se presenta adopta un enfoque más concentrado, reduciendo el campo visual y otorgando mayor protagonismo a Cristo. Este enfoque permite establecer una interesante relación compositiva con el lienzo de la Academia. También merece atención la versión que se conserva en el Museo Goya de Castres (Francia), con el número de inventario 89-2-1. Este cuadro, de menor tamaño (111,3 × 81,7 cm), está catalogado a nombre de Herrera el Viejo y data de la primera mitad del siglo XVII. Su ficha del museo lo considera un posible boceto inicial o estudio preparatorio de la composición monumental de la Academia. Aunque representa el mismo episodio evangélico, presenta una disposición diferente de las figuras y una organización singular del espacio pictórico. La existencia de estos diferentes enfoques sobre un mismo tema pone de relieve el interés de Herrera por desarrollar y reformular composiciones religiosas de gran complejidad narrativa. En este contexto, el cuadro en cuestión reviste un interés especial debido a su singular selección del episodio. En este cuadro se hacen evidentes varios de los rasgos más característicos del lenguaje artístico de Herrera el Viejo, en particular su audaz concepción de la figura humana y su distintivo sentido del naturalismo. Destaca la fisicidad de las figuras, construidas a través de volúmenes sólidos y anatomías de gran presencia, así como la expresividad de los rostros, con rasgos individualizados y una cierta intensidad, casi folclórica. La composición, estructurada mediante la agrupación de figuras en primer plano y la apertura hacia un paisaje poblado de figuras en la lejanía, revela su habilidad narrativa y su interés por crear profundidad espacial. Igualmente significativo es el tratamiento de la luz, que modela los cuerpos mediante marcados contrastes de claroscuro, junto con una paleta de tonos terrosos, ocres y rojizos, equilibrados por los azules y grises del paisaje. La pincelada, ejecutada con energía y libertad —especialmente visible en las vestimentas y en ciertas secciones del fondo—, refleja la influencia de Juan de Roelas, que Herrera desarrolló hasta convertirla en un estilo más vigoroso y personal. Hijo del pintor Juan de Herrera, Francisco Herrera probablemente se formó en el taller de su padre. Alcanzó un notable reconocimiento gracias a sus encargos religiosos. En 1650 se trasladó a Madrid, donde permaneció hasta su muerte. Sus obras se conservan en instituciones como el Museo del Prado, el Museo de Bellas Artes de Sevilla y el Louvre. Presenta zonas en las que falta la capa de pintura.
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