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Hergé HERGÉ TINTÍN Vuelo 714 a Sídney (T. 22), Casterman 1968 Conjunto de 8 bocetos originales de viñetas Bolígrafo sobre papel Viñeta n.º 1: 7 × 6 cm - Viñeta n.º 2: 7,3 × 3 cm Viñeta n.º 3: 7,6 × 6 cm - Viñeta n.º 4: 7,5 × 6,4 cm Viñeta n.º 5: 3,5 × 6,5 cm - Viñeta n.º 6: 8,3 × 6 cm Viñeta n.º 7: 4,3 × 6 cm - Viñeta n.º 8: 7,2 × 6 cm Estas ocho viñetas nos sumergen entre bastidores en la creación de «Vuelo 714 a Sídney». Una de ellas reviste especial interés: se trata de un vestigio del guion de los Bigotudos. En ella se ve a Carreidas dirigiéndose a un tupamaro, o más bien a un «Bigotudo», término español que significa «bigotudo». Bajo el trazo de Hergé, el personaje es inmediatamente reconocible: grandes patillas, un bigote generoso y un gran puro componen el retrato de un sudamericano muy pintoresco. Carreidas le espeta: «¡Estás a… a… atcha… loco! » Una réplica que, en la versión definitiva del álbum, se convertirá en: «¡Te voy a… a… atcha… echar, Spalding! » Las demás viñetas nos transportan al comienzo de «El vuelo 714 a Sídney», cuando Tintín, Haddock y Tornasol conocen a Carreidas, el famoso multimillonario fabricante de aviones. En ellas encontramos varias escenas conocidas, a veces con ligeras variaciones. Así, Carreidas le confiesa a Tournesol que lo conoce por haber visto fotografías suyas. Pero el profesor, fiel a sí mismo y tan sordo como siempre, responde sin venir a cuento: «¿Me permite?», antes de sacar un billete de un dólar que sobresale del sombrero de su interlocutor. Un dólar que Haddock había deslizado allí unas viñetas antes, compadeciéndose de quien creía que era un pobre desgraciado. Toda la ironía de la escena se basa, evidentemente, en este malentendido: ¡el supuesto indigente es, en realidad, uno de los hombres más ricos del mundo! Tras ofrecer a sus nuevos compañeros un vaso de Sani-Cola con clorofila, Carreidas le pregunta al capitán Haddock si juega al combate naval, antes de invitarlos a continuar su viaje a bordo de su avión privado. En otra viñeta de esta secuencia, revela además que ha adivinado su destino: al igual que él, se dirigen al congreso de astronáutica de Sídney. Por último, hay otras dos viñetas que merecen ser destacadas, ya que aparecerán en el álbum casi sin modificaciones. En la primera, Tintín, que lleva a Milú atado con una correa, se sorprende de que Spalding sienta la necesidad de justificarse alegando que tiene un amigo enfermo. En la segunda, Allan le coloca el sombrero de Carreidas al capitán Haddock sobre la cabeza, hasta cubrirle completamente los ojos. Estos ocho bocetos permiten así apreciar hasta qué punto algunas escenas ya estaban definidas en la mente de Hergé, al tiempo que revelan los ajustes, a veces mínimos, que las llevarían a su forma definitiva. Gaétan Laloy
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